Una idea y un bastidor en blanco son suficientes para empezar a disfrutar de la creatividad.
Ideas que surgen. Imágenes que comienzan a aparecer.
En la gran mayoría de los casos, rostros. Caras de personas imaginarias o alguna que vi por ahí.
Pinceles, colores y texturas expresaron lo que necesitaba salir.
Ilusiones, frustraciones, anhelos, alegrías, miedos, nuevamente ilusiones, nuevamente frustraciones. Todos esos bastidores llevaban en sus lienzos muchas emociones de una gran etapa de mi vida.
Exposiciones, viajes.
Me dieron mucho más de lo que yo pretendía de ellos. Pero lo supe tarde, pues pretendía otra cosa.
Lo entiendo hoy, creo.
Iban y venían a exposiciones, también viajaron al norte. Algunos se fueron yendo y los que quedaron... Los que quedaron se transformaron.
Un día me cansé de verlos. Ya no exponía como antes y estaban juntando polvo en mi taller.
Quise replantear las obras. A esos cuadros que no tenían nada en común entre ellos, los resignifiqué y uní. Sentí mucho entusiasmo al hacerlo, por corto tiempo.
Otra vez dudé. Me harté. Sentía que era energía estancada.
Necesitaba andar ligero.
Quería soltarlos, fluir y confiar. No quería seguir intentando con ellos. Tenía que cortar.
Estaba entre prenderlos fuego o sacarlos a la calle. Pero agarré mi cutter y empecé a cortar los lienzos. Cada uno tenía una flor y fue lo único que rescaté.
No, también rescaté algunos ojos, testigos de mis emociones, que quise conservar para recordar quien fui aquella vez.
Terminé con mas de cien cuadraditos de 9x9cm de casi 20 cuadros.
No tenía la menor idea qué iba a hacer con ellos.
Un día se me ocurrió pegarlos sobre fibro fácil. Algunos los convertí en estrellas y otros en posavasos.
Creo que hoy me resulta más gratificante que una pequeña parte de esa energía se vaya como objeto funcional y no como obra de arte, pues tengo que resolver algunos temas con el arte aún.
Soy feliz de cerrar tantos años de arte en pequeños pedacitos repartidos por ahí.
















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